Una ecoetiqueta para saber cuánto CO2 se genera en cada producto

Esta nueva herramienta es un sello ecológico ideado para informar a los consumidores sobre las cargas ambientales de los productos que compran. Al igual que ocurre con el precio, las grasas o las calorías, la ecoetiqueta permite conocer los niveles de CO2 generados durante la fabricación de cada producto y ofrece una recomendación de cuál debería ser según la media del sector.
La idea parte de un trabajo de investigación desarrollado por el responsable del departamento de medioambiente del puerto de Gijón, Juan Luis Domenech, para estimar la huella ecológica y de carbono de las organizaciones. Seis universidades españolas, entre ellas las de Santiago de Compostela, A Coruña, Oviedo, Cantabria, Valencia, Cádiz y la Complutense de Madrid, han conseguido adaptarlo para evaluar la huella de los productos y servicios hasta llegar a los consumidores.
Para conocer el rastro de carbono se hace una suma de los consumos generados durante la fabricación del bien -como pueden ser el gasto de agua, luz, espacio o papel-, y se desglosa dividiendo el resultado entre las toneladas producidas. A su vez, la cifra resultante se multiplica por las toneladas de producto elaborado. La huella de la organización se traslada a la etiqueta del producto y el consumidor final sabrá con la información que se le da el impacto medioambiental que ha generado la fabricación del bien que va a consumir. La etiqueta contempla la suma total de CO2 que se emite en cada uno de los eslabones que componen la cadena, ya que directa o indirectamente todos -producto, almacenista, mayorista o minorista- emiten carbono a la atmósfera durante sus operaciones.
El ecosello sirve tanto para etiquetar los productos tangibles como para los servicios -bancarios, de asesoría, atraque de buques, etc.-, y permite comparar y comprar en función de la huella de CO2. La idea es potenciar la producción verde y hacer responsable al consumidor de cada compra dándole una herramienta para elegir entre todos los productos los más ecoeficientes. A diferencia de otros países europeos como Francia o Inglaterra, donde sí es posible encontrar estas etiquetas, sobre todo en los supermercados, en España, según Domenech, "la demanda de las organizaciones se centra por ahora en conocer la huella global, pero sin atreverse aún a dar el siguiente paso que sería dividir esa huella general por la de sus productos".

Recomendación por sector
El Ministerio de Medio Ambiente ha puesto en marcha una iniciativa que estudia la aplicación de la ecoetiqueta en las compras verdes realizadas por las administraciones públicas y que permitiría puntuar según la huella. Según las propuestas planteadas en la tesis, llevada a cabo por el investigador Adolfo Carballo, la etiqueta ecológica mostraría la huella por tonelada de producto y una recomendación por sector de cual debería ser. Así sabríamos que empresas contaminan más al producir un producto similar. En el caso de productos que se adquieren en un mercado,  se ha pensado en un etiquetado  tipo precio donde la información esté bien visible, mientras que en otros productos podría ir incluido en la factura,  en los contratos o en los albaranes. La idea es que cuando se implante su uso se cree un formato oficial.
Desde hace cinco años, el puerto de Gijón cuenta con un indicador de huella a nivel de organización que se mide anualmente. Desde su implantación el puerto se ha comprometido a mitigar su impacto medioambiental mediante un plan de reducción de emisiones que contempla, entre otras iniciativas, la instalación de placas solares, la compra de vehículos eléctricos, la regulación de la climatización y un plan para reducir el consumo lumínico mediante el uso de sensores de presencia, regulación de iluminación y sustitución de bombillas por luminaria de bajo consumo.
El puerto cuenta también con un plan de compras verdes que implica adquirir a los proveedores productos bajos en huella y más competitivos. Esta es otra de las claves de la ecoetiqueta, ya que, como explica Domenech, "se crea una demanda muy concreta que termina por obligar a los proveedores a apostar por productos más ecológicos para mantenerse en el mercado”. Estas medidas han permitido que el puerto de Gijón reducir la huella de carbono durante los primeros años y mantenerla sobre las 30.00 toneladas de CO2 al año. "Cuando se trata de grandes entidades como un puerto, es muy difícil reducir  el impacto medioambiental, pero se puede contener poniendo en marcha planes más ambiciosos para reducir las emisiones".