Cambio climático, plagas y Pemex ponen en riesgo el cultivo de cacao en México

El crecimiento urbano, otra amenaza
Cárdenas, Tab. México, cuna del cacao, está en riesgo de quedarse sin este cultivo. El cambio climático, las enfermedades, el abandono, el crecimiento urbano y la expansión de la actividad petrolera redujeron los plantíos.

El cacao, del que se obtiene el xocolatl, dulce que en la boca se convierte en felicidad, y en tiempos prehispánicos fue moneda valiosa y base de una bebida estimulante, ligeramente amarga y picante, dejó de ser cultivo emblemático de las tierras tropicales de Tabasco, Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Veracruz.

En Cunduacán, municipio que junto con Comalcalco, Cárdenas, Huimanguillo, Jalpa de Méndez, Paraíso y Centro es parte de la región del trópico húmedo de la Chontalpa, bañada por el río Samaria, otrora paraíso de los cacaotales, Pedro García afirma: "la gloria de la abundancia se acabó, ahora da tristeza".

Con la playera pegada al cuerpo sudoroso y protegiéndose del sol con una gorra decolorada, el hombre de 50 años dirige la mirada a los pocos cacaotales aún sanos, de cuyas ramas penden frutos ovoidales verdes con amarillo o violáceos.

"Hace 20 años se veían los árboles tapizados de frutos; daba alegría estar allí, pero las enfermedades y el abandono de las labores propias del cultivo -limpiar las parcelas, fertilizar la tierra, evitar el exceso de humedad y mantener la sombra adecuada- terminaron con las recolecciones abundantes que dejaban ganancias", expresa.

El cacao en Tabasco dejó de ser fuente principal de recursos para campesinos y municipios, pero ese estado continúa como el productor de 80 por ciento de ese cultivo, cuyos frutos son de un blanco cremoso, violeta o verde amarilloso, dependiendo de la variedad: forastero, guayaquil -el cual predomina-, calabacillo, ceylán o criollo, el más escaso.

Con la creación de la ruta turística para recorrer haciendas cacaoteras en Comalcalco, Jalpa de Méndez y Paraíso, el gobierno estatal se esforzó en conservarlo como cultivo de arraigo social y cultural.

Entre los objetivos están que de tierras tabasqueñas no desaparezcan las variedades del cacao y que el turismo conozca el pozol, bebida regional elaborada con maíz y chocolate.

"Esto ya no da para comer", señala Pedro García. En el suelo de su parcela están los frutos semirredondos partidos en dos, en los cuales permanecen las semillas de color café rojizo o seminegras, signo de enfermedad.

Las enfermedades más importantes, causadas por hongos, que afectan el cacao son la monilia, la mancha negra de la mazorca y la escoba de la bruja, según estudios del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias.

La monilia es la más agresiva, pues provoca la pudrición del fruto y causa pérdidas casi totales. La escoba de la bruja afecta hojas y flores y la mancha negra infecta las raíces, ramas y el tronco.

Con un punzón en la mano, medida precautoria ante la posible presencia de una nauyaca -serpiente venenosa originaria de las selvas subtropicales-, García busca los frutos sanos y acumula el grano fresco, cubierto con una baba blancuzca.

"Varios cacaoteros que durante generaciones conservaron los árboles los tumbaron y sembraron caña, maíz o metieron ganado porque con ellos reciben subsidio; con el cacao fueron acumulando pérdidas, pues sus ingresos bajaron más de 10 mil pesos por tonelada debido a la caída internacional del precio en la década anterior y por las mermas causadas por la monilia. Por muchas ganas que tengas de conservar el patrimonio de tu padre, la necesidad aprieta."

Las plagas avanzaron rápidamente porque "la mayoría de los dueños de las plantaciones han dejado de ser agricultores, se han convertido sólo en recolectores. Renovar los árboles, cuyo límite productivo es de 30 años, y cubrir todas las labores agrícolas cuesta 80 mil pesos por hectárea. El cultivo dejó de ser rentable, pasó a ser una actividad de subsistencia para los 30 mil cacaoteros tabasqueños, pues casi la totalidad de las plantaciones tienen más de 40 años", explica Zaragoza Rodríguez Rivera, del Consejo Superior de Agricultura Tropical.

En el patio de su finca La Joya, localizada en Cunduacán, 26 kilómetros al poniente de la ciudad de Villahermosa, Clara Echeverría Díaz presume las 15 hectáreas sembradas de cacao criollo, semilla calificada dentro de las 10 mejores en el ámbito internacional.

"No hago nada del otro mundo, sólo mantengo con la sombra correcta los cacaotales, nivelo la tierra para evitar exceso de agua, elimino el exceso de hojarasca y los riego en temporada de secas."

Ganadora el año pasado del International Cocoa Award, en una competencia con productores de 146 países, explica que en la finca se ha sembrado cacao criollo, originario de Tabasco, desde 1940.

La mayoría de los campesinos abandonaron ese cultivo por su susceptibilidad a las enfermedades y lo sustituyeron con variedades que entonces eran una novedad. Pero los cultivos de La Joya no han sido dañados por las enfermedades que han provocado pérdidas a la mayoría de los cacaoteros tabasqueños.

Del tronco de los árboles de no más de dos metros de altura penden las vainas sanas que serán trasladadas al patio de secado, donde las semillas serán extraídas a mano y colocadas en enormes cajas de madera para su fermentación, proceso que puede durar de tres días a una semana. Cuanto más largo sea el proceso, el aroma del cacao se intensificará.

Ese tipo de cacao no cotiza en la bolsa internacional, pues representa uno por ciento de la producción mundial.

Hija de Carlos Echeverría Valenzuela, fundador de la unión de productores de cacao de esta región y apegada a la tierra desde pequeña, narra que a los 15 años aprendió cómo mantener el cultivo.

La ventaja de este tipo de cacao es que produce a los dos años y medio de haber sido sembrado y genera dos toneladas por hectárea. Las otras variedades tardan hasta cinco años en producir y de ellas se obtienen de 500 a 800 kilos. Pero el costo de sembrar una hectárea es de 80 mil pesos y durante dos años hay que invertir en total 20 mil pesos para el mantenimiento.

"Mi cacao es apreciado por su rareza. Su aroma es frutal y tiene más grasa. Yo vendo a quien me compre, no firmo exclusividades", apunta.

Uno de sus compradores es el belga Pierre Marcolini, uno de los chocolatiers más importantes del mundo; sus chocolates, elaborados con los cacaos más finos, son comercializados en tiendas de Europa a precios elevados.

La productora explica que "el declive del cacao en Tabasco empezó con la llegada de Pemex. Los jóvenes ya no quieren ir al campo, ya no hay amor por la tierra ni por los cultivos. Nadie quiere poner más de su parte. Sólo esperan la ayuda del gobierno".

Jaime Beltrán, Manuel Pérez de la Cruz y Agemar Pérez Córdova, agricultores y directivos en turno de la Asociación Local Agrícola de Productores de Cacao Río Seco, confirman: "se está perdiendo el gusto por el cultivo porque es mucho el gasto y poca la producción".

En las oficinas de la agrupación, en Cunduacán, los tres platican que mantienen los plantíos por tradición. Jaime mueve las manos delgadas y fuertes al explicar que por esa razón conserva la hectárea y media que heredó de su padre.

"En ella obtengo 600 kilos; quitarle la maleza me costaría 15 mil pesos y cambiar los árboles que tienen 40 años -cuando la vida productiva es de 30- es un gasto más, pues la espera es de cuatro años para tener la primera cosecha. Hay que agregar las pérdidas por las enfermedades y los robos cotidianos que cometen grupos de tres o cuatro personas, quienes se llevan 20 kilos del producto en cubetas."

Acostumbrados a caminar más de un kilómetro en calles sin pavimentar para abordar un transporte público, al calor húmedo y a tener agua por tandeo en sus casas, los tres productores mencionan que sus padres recibieron altos ingresos por la venta del cacao, por lo cual tuvieron la oportunidad de estudiar. Después llegó Pemex y la mayoría de los hijos de los campesinos buscaron trabajo en la paraestatal. Allí empezó el abandono de los plantíos.

Ahora el gobierno del estado está promoviendo nuevamente el cultivo del cacao, pero los jóvenes ya no quieren dedicarse al agro. Jaime precisa: "mi padre dedicaba todo su tiempo a atender el cacao. Además sembraba calabaza, chayote, maíz. Yo no siembro la tierra aunque la tenga, y mis hijos ya no quieren ir al campo".

Beltrán, Pérez de la Cruz y Pérez Córdova dicen que la ruta del turística del cacao no genera beneficios para la mayoría de los productores. "Los turistas son llevados a las fincas cuyos propietarios pueden pagar a jornaleros, renovar los árboles y esperar cuatro años para tener el primer cultivo. ¡Hay que tener dinero y un terreno como doña Clara para que esto deje!"