Pararle los pies al CO2 por Tomás Perales Benito

30/01/2011

Pocas veces un término tan reducido ha cosechado tanto pánico. Oír hablar de CO2 es invoca poco menos que el Apocalipsis: «Es el responsable del deterioro medioambiental, el gas del efecto invernadero, el que está provocando que el planeta se caliente en exceso (desde aquí continúan los agoreros, que no dejan de ser los desinformados), el que hará desaparecer las poblaciones costeras por elevación del nivel del mar, el que generará tsunamis en número sin fin...».

Es cierto que se ha ganado su mala fama, aunque se exagera en las consecuencias. El dióxido de carbono, el gas imprescindible para los ciclos biológicos de la vida animal y vegetal, ése que tenemos en los extintores, en las bebidas carbonatadas, en la agricultura, en la industria... ha aumentado considerablemente su concentración como consecuencia de la actividad humana. Si al inicio de la era industrial (hacia 1750) su concentración en la atmósfera era de 280 ppm (partes por millón), en 2009 ya era de 390 ppm. Entonces ese gas, que es incoloro e inodoro y con un cierto sabor ácido, se hace sentir. Provoca, entre otros menores, el efecto invernadero al evitar que una parte de las radiaciones solares que se reflejan en la superficie de la tierra salgan hacia el espacio exterior, aumentando con ello la temperatura de nuestro planeta. Si superamos los 2 ºC respecto de la referencia indicada, los agoreros podrían tener razón. Pero contamos con dos sólidos ingredientes para evitarlo: ánimo global (el de los científicos, en sustitución del nulo de los políticos) dirigido a la solución y tecnología. Algunos expertos señalan magníficamente la situación: «El CO2 es bueno, lo necesitamos, pero tenemos en exceso». Correcto: deshagámonos del sobrante.

La tecnología que lo hará posible se llama «capturar y secuestrar el carbono», nombre que parece sacado del cine de acción. Durante los últimos años, en completo silencio para el público, se han desarrollado diversas tecnologías capaces de separar el CO2 de los procesos industriales que lo generan, transportarlo y confinarlo en el subsuelo, en pozos profundos, como los acuíferos. Ya se han localizado en España un centenar, repartidos de modo muy desigual por razones geológicas, que esperan albergar el gas del carbono hasta que se decida qué destino, de las muchas aplicaciones que se barajan, darle cuando maduren. Algunas parecen sacadas de la ciencia ficción: los científicos hablan de convertirlo en sólido para fabricar objetos, como ladrillos.

No es tóxico, ni inflamable. No tiene ningún parecido con los temidos residuos nucleares. El almacenamiento ha sido recientemente regulado por ley (Ley 40/2010) y se han establecido las condiciones a cumplir para garantizar la seguridad. En los próximos años reposarán sine die en las entrañas de la tierra centenares de miles de toneladas de un gas que puede invertir el efecto nefasto de hoy. Si se tienen en cuenta las estimaciones que se barajan, que hablan de que, al menos hasta el 2030, el 80 por ciento de la energía que consumamos tendrá como origen la combustión de combustibles de origen fósil, la posibilidad de capturar y almacenar el CO2 sobrante antes de que alcance la atmósfera es un regalo de la tecnología que debe ser bien recibido. La llamada sostenibilidad (seguir despilfarrando energía) está en juego.