Combatir el cambio climático aún es un lujo para todos

Las urbes con menos opciones para combatir el cambio climático son las que más resienten sus efectos

Hace algunos años me encontré un artículo en un periódico sobre la trata de personas en Estados Unidos.

Era un recuentro de anécdotas de personas que habían abandonado su país, por situaciones políticas o por pobreza en la mayoría de los casos, pero algunos también citaron razones medioambientales, como las inundaciones o sequías.

En la misma plana del diario había un anuncio de una aerolínea de bajo costo. Algunos de los destinos que ofrecía eran los mismos de donde provenían las víctimas de trata. Pero los precios del viaje eran mucho menores que lo que los migrantes tuvieron que pagar para salir de sus países.

Esta posible combinación accidental de información en la misma sección del diario –mostrando cómo se podían viajar las mismas distancias por sumas de dinero muy distintas (con los precios más bajos ofrecidos a los que tienen las posibilidades de gastarlo)— revelan el extremo al que ha llegado la desigualdad bajo la que opera el mundo.

Uno se puede preguntar hasta qué punto nuestro mundo puede ser responsable de generalizar una sola línea de principios. Este concepto es particularmente cuestionable cuando muchos de esos principios fueron establecidos por una muy reducida minoría que puede darse el lujo de estar pensando en los principios.

Esta inequidad es tal vez más aparente a través de los fallidos intentos de establecer los principios globales para contener las emisiones de CO2, el calentamiento global y el cambio climático. Hay cada vez más evidencias de que en las siguientes décadas esto tendrá un serio impacto en todo el mundo, sin embargo, debido a la difícil situación que se vive en varias zonas del mundo, el preocuparse por las emisiones de CO2 parece un lujo.

La realidad es que gran parte del mundo no es gobernada por principios, sino por la urgencia. No hay lugar en donde esto sea más obvio que en las ciudades. De las 27 ciudades cuya población está prevista para ser superior a los 10 millones de habitantes para 2020, 21 estarán ubicadas en naciones desarrolladas. El intenso crecimiento urbano está ahora sucediendo en los lugares más pobres del mundo, donde las ciudades que enfrentan una explosión demográfica carecen de la infraestructura ideal para manejar esa situación.

Démosle un vistazo a tres de las ciudades con mayor crecimiento urbano: Kabul, Dacca y Nairobi. Kabul está en el quinto lugar de las ciudades con mayor crecimiento, pero años de sequías, seguido de continuos enfrentamientos armados, han deteriorado las fuentes de agua potable para sus habitantes. Con las fuentes de agua contaminadas y sobreexplotadas, al menos la mitad de la población no tiene acceso a agua potable.

En Dacca se vivió una rápida expansión pero sin un sistema de drenaje subterráneo han llevado a lo que se conoce como “el peligro de la contaminación orgánica”: Una ciudad que constantemente batalla contra las inundaciones de aguas negras.

Incluso después de ser sede de las conferencias sobre cambio climático en 2006, Nairobi sigue enfrentándose a su propia versión del cambio climático: el resurgimiento de la malaria debido al incremento de la temperatura en la región.

Las regiones urbanas enlistadas ejemplifican esta ironía, cada uno de sus problemas se han agudizado por el cambio climático, y debido a sus efectos inmediatos no son capaces de tomar medidas para prevenir el cambio climático.

El mundo quisiera que estas regiones se comprometieran a prevenir el cambio climático en el largo plazo, pero debido a los efectos en el corto plazo no tienen otra opción que considerar opciones a largo plazo. ¿Existe una manera aplicable para todo el mundo de aplicar un modelo de reducir el calentamiento global?

La respuesta es simple: no. Los escasos resultados en Kioto, Copenhague y Cancún son un caso convincente para renunciar al dogma universal para organizar una solidaridad universal en un mundo asimétrico.

El cambio climático es ahora una cuestión de contención. Las conferencias y las reuniones que contemplan soluciones a largo plazo no serán suficientes. En el corto plazo, puede que sea más oportuno acordar la formación de un cuerpo político y permanente con poderes reales para intervenir ante las más importantes amenazas ecológicas: un organismo que desde su concepción sea diseñado para manejar con las urgencias conforme van ocurriendo.

Al final, podría a bien crearse un equivalente ecológico al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, encargado de mantener la estabilidad climática para que el cambio climático sea objeto de una política más pragmática.